"Los jóvenes tenemos que asumir riesgos"

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Judith Jáuregui dedica a Alicia de Larrocha el recital con obras de Granados, Falla y Albéniz con el que inaugura su propio sello

La pianista donostiarra Judith Jáuregui.
La pianista donostiarra Judith Jáuregui.
Pablo J. Vayón

02 de abril 2013 - 05:00

Judith Jáuregui (San Sebastián, 1985) es una de las pianistas españolas más destacadas y audaces de su generación. Su segundo disco, que dedica a la gran Alicia de Larrocha (1923-2009), se convierte además en el vehículo de lanzamiento de su propio sello discográfico, Berli Music.

-¿Por qué este Para Alicia?

-Es un homenaje a Alicia de Larrocha en el 90 aniversario de su nacimiento. Me pareció un momento ideal para dedicarle un trabajo con el que poder agradecerle todo lo que hizo por la música española y la puerta que nos abrió a la nueva generación de pianistas. Ella paseó esta música por las mejores salas del mundo, y aunque se trataba de un repertorio ya conocido, sus versiones hicieron que fuera todavía más universal. Alicia es uno de mis referentes, por su sonido rotundo, por su autoridad máxima, por su personalidad arrolladora. Es una de esas personas, de esos músicos, que no tiene sustituto. Es como un tronco de árbol, como una montaña, que está ahí y a la que siempre vas a poder acercarte.

-El repertorio del CD está muy vinculado a Larrocha, pero por qué justamente estas obras.

-Fue difícil escogerlo. La música española para piano de esa época es excelente. Hubo un momento en que pensé hacer una parte algo más moderna, con Mompou, al que adoro absolutamente, o Montsalvatge. Pero me siento muy cómoda en esta música más clásica. Y además son obras muy diferentes. Está el Granados de los Valses poéticos, más romántico, más íntimo, me recuerda el principio de mi primer disco dedicado a Schumann, Papillons, tiene esa elegancia de los valses, pero también su picardía. Luego, lo más moderno de todo, lo más difícil también: las Cuatro piezas de Falla, llenas de tensión, de disonancias y pese a ello con ese inconfundible toque nacionalista. Son obras esenciales para el piano, que nada tienen que ver con las Noches en los jardines de España, que son mucho más impresionistas; aquí todo es más concreto e incisivo. Y por fin Albéniz: a la Suite española se la suele conocer como la hija pequeña de Iberia, pero yo no estoy de acuerdo en absoluto. Para mí es un resumen en 35 minutos de todo lo que significa la inspiración española: es música muy brillante, una obra redonda, con mucho color, muy vitalista, y además es muy popular, hemos crecido escuchándola y eso la hace muy agradecida.

-El CD supone también la puesta en marcha de un proyecto de sello discográfico. ¿Por qué sintió esa necesidad?

-Tenía ofertas de multinacionales importantes, pero me pedían unas condiciones económicas absolutamente descompensadas con lo que me ofrecían a cambio. Así que después de meses de darle vueltas pensé que lo mejor era emprender mi propio camino. Tengo amigos que han puesto en marcha sus propios proyectos de edición discográfica y les va bien, como Raquel Andueza con Anima e Corpo. A Raquel le debo mucho porque ella me ayudó a definir el concepto de lo que quería hacer. Creo que ha llegado el momento de que los jóvenes demos un puñetazo encima de la mesa, dejemos las lamentaciones y nos pongamos a asumir riesgos y emprender proyectos. Es el momento de la autoproducción en el arte, no solo en la música.

-¿De dónde sale el nombre del sello (Berli Music)?

-Es un juego con la palabra Libre. En este proyecto hay también una búsqueda de libertad. Me considero muy libre en general, no me gustan las ataduras. Y la música nos da libertad, nos permite viajar a mundos que en el día a día nos están vetados. Así que voy a ser libre para orientar mi carrera discográfica como me plazca.

-¿Puede mantenerse esa libertad en un mundo tan competitivo como el del piano?

-No siento esa competitividad. Acabo de pasar por el Musika-Musica de Bilbao y he vivido una relación muy sana con un montón de compañeros. Me siento muy orgullosa de pertenecer a esta generación. El que le hayan dado el Premio Nacional de Música a Javier Perianes tan joven es algo fenomenal, el éxito es suyo, pero nos beneficia a todos. El que mis compañeros sean reconocidos influye en el reconocimiento que yo también puedo recibir. Por eso no siento esa presión por la competencia. Hay sitio para todos. Cada vez que tienes una obra en tus manos, suena diferente, dependiendo de mil circunstancias. Hay espacio para todas las formas de tocar.

-Aunque su trabajo se centra hasta ahora especialmente en España, ha tenido ya interesantes experiencias internacionales, como la del Festival de La Roque d'Antheron...

-Participé dos años seguidos en La Roque, que es un escenario espectacular, para varios miles de personas. No lo voy a olvidar jamás. Fue mi gran lanzamiento internacional. Pero tampoco podré olvidar la experiencia con la Orquesta Simón Bolívar en Caracas, que creo ha sido el concierto más importante que he dado fuera de España este año. Aquellos chicos me dieron una lección inmensa de lo que es el amor y la lucha por la música, la pasión. La música les ha dado esperanza a chicos que vivían en muchos casos en condiciones penosas.

-Su primer disco estaba dedicado a Schumann. ¿En qué repertorio se mueve ahora?

-Me muevo en todo tipo de repertorio, pero soy muy romántica. El romanticismo alemán es en el que más a gusto me encuentro. Tengo también una vertiente muy mozartiana, me siento bien en esa frescura, en ese mundo de niños de Mozart, que es en realidad muy difícil, porque estamos desnudos en el teclado, pero es para mí casi una forma de recuperar la inocencia. En el impresionismo francés también me muevo con mucho agrado. Y en la música española, por supuesto, porque he crecido con ella. Y ya que soy de escuela rusa [Judith Jáuregui estudió cuatro años con Vadim Suchanov en Múnich], la música pianística de Scriabin me fascina.

-¿Siguen existiendo las escuelas en este mundo globalizado?

-Cada pianista tiene una técnica diferente y una mano diferente. Pero yo creo que sigue habiendo escuelas. La rusa, por supuesto, pero también en París hay un núcleo muy particular y muy importante ahora mismo. Aunque es verdad que al estar tan interconectados tenemos más flexibilidad. Antes había personalidades que definían las escuelas con una fuerza espectacular: un Richter, una Alicia de Larrocha... Ese sonido antiguo. Ahora vemos y sentimos el mundo diferente; lo sentimos diferente y lo tocamos diferente.

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