Ni la Feria ni Málaga se rinden

Última jornada Feria 2022

El Centro Histórico despide el último día de fiestas con folclore en horario de mañana y alcohol por la tarde

La mejor forma para comenzar a despedir la Feria de Málaga: las fiestas de las peñas

Un grupo de chicas se divierte durante el último día de Feria del centro.
Un grupo de chicas se divierte durante el último día de Feria del centro. / Marilú Báez
Luis Vertedor

20 de agosto 2022 - 20:50

Málaga/A estas alturas de la Feria, después de tanto alcohol derramado por las gargantas, de la música prodigada en las plazas y del tradicional despliegue folclorista, llega el momento, aún con el asunto inacabado, de lanzarse al centro por última vez sin mirar demasiado atrás: de renquear por las calles a la espera de que amaine la resaca del Cartojal, de echar mano a la cartera en busca del bonobús mientras se comprueban los estragos causados, de adherirse unas Compeed alrededor del tendón de Aquiles antes de volver a emprenderla a golpe de esparteñas, y mucho más. Pero en ninguno de los escenarios posibles cabe la rendición.

Málaga volvía a amanecer dispuesta a lo que se terciara. Y, aunque atrás quedaba la conmemoración de la toma de la ciudad por los Reyes Católicos del viernes, de la que no tantos lugareños sabían, bien presente tenían todos el valor de la resistencia a toda costa. Ya no de un modo castrense, como escribieron tantos de los conflictos ocurridos sobre la piel de toro, sino contra los elementos de lo que hoy atinamos a llamar progreso. Porque los tiempos cambian y, ya saben, ahora nadie se enfrenta a que lo arcabuceen por afrancesado, como en los Episodios Nacionales de Galdós -exactamente, el que salía en los billetes de mil pelas-, pero quizá sí a vérselas a cara de perro con el chapapote espirituoso que se forma, tarde sí y tarde también, sobre la plaza de la Constitución si se pretende cruzarla. Cosas de la modernidad.

Con estos mimbres, el casco histórico comenzaba a recibir público como a través de un cuenta gotas, convirtiéndose poco a poco en un escenario propicio para la observación periodística del arriba firmante. Sin embargo, eso sí, con muchas menos personas que en otras ocasiones y que, desde luego, tuvieron días mejores: como una señora que tras tanto tute bailaba más malamente que Rosalía con ciática -¡tra, tra!-, un tipo con unas ojeras que ni Ben Affleck en plena luna de miel, un guiri con sombrero fedora que bostezaba mientras abría los brazos a lo Karate Kid y un largo etcétera. A rasgos generales, un público más envejecido y tranquilo, con jubilados en las terrazas tomando el vermú al sol y portando bolsas de Sabores de España -imagino- de camino a casa.

Un grupo de mujeres canta y baila en el Centro Histórico, este sábado.
Un grupo de mujeres canta y baila en el Centro Histórico, este sábado. / Marilú Báez

Pero también, ay, coincidía el último día de Feria con el arranque de un festival de música electrónica, techno y chunda, chunda en Torre del Mar -de seis de la tarde a ocho de la mañana, ni más ni menos-. Es decir, que ríete tú de Chimo Bayo, de la Ruta del Bakalao y del tipo del vídeo que grita pim, pam, toma Lacasitos. Y todo, claro, mientras a una porción de los miles de congregados, según dicen las malas lenguas, va tornándosele el cuerpo en gelatina y el encefalograma en meseta a prescripción de los druidas de cada barrio. Lo que suele pasar en todos los festis, vamos.

Por lo que vándalos, suevos, alanos y toda la cuerda habitual o se marchó a otra parte, en el Real también hubo bastante ambiente según atestigua la cronista encargada; o se quedó en el sobre tirando de Paracetamol y mucha agua. No se oyó ninguna ambulancia hasta pasadas las cinco y quien quiso vivir la fiesta en paz lo hizo sin excesivos escollos la mayor parte del tiempo. Con un Pasaje Chinitas casi desierto, una calle Comedias sin ninguna gracia y una calle Beatas trasegada por transeúntes con más pinta de parar en Rayuela a por lo nuevo de Houllebecq que otra cosa. Hasta la hora oficial de cierre…

Sí que hubo jarana y de la buena de la pericolosa plaza de Uncibay en adelante, donde efectivos de la policía retenían a tres jóvenes de menos años que algunos vinos del vecino restaurante Casa Lola. La chavalería, simple y llanamente, apareció. Que ocurre siempre, sí, pero con la Feria propulsada a dos cilindros todo el día y con las contumaces sevillanas, malagueñas y rumbitas a media asta… Incluso un ratito antes era posible ver a unas cuantas señoras degustando un bocadillo a pocos metros de allí, con toda la calma. No se había visto una predicción más errónea desde que se puso de moda aquello del tarot online.

Vista panorámica de parte del público congregado en la Feria de Málaga del centro en su último día.
Vista panorámica de parte del público congregado en la Feria de Málaga del centro en su último día. / Marilú Báez

Una vez tomado el centro por la caballería veinteañera, con huestes incluso más jóvenes de las habituales -la mayoría, calculo, apenas superaba la veintena-, la calle Luis de Velázquez, célebre entre éstos por acoger bares de copas y discotecas, se abarrotó de tal forma que quizá sólo habría sido posible atravesarla tras la escolta de un toro embolado o un par de decenas de perros y gatos rabiosos. Tanto monta, monta tanto.

Y es que los grupos haciendo botellón llegaban al acerado de la mismísima plaza de la Merced, hasta la que si bien no se hizo del todo complicado llegar, tampoco resultó ser un paseo agradable. Los relaciones públicas de los garitos del entorno de la calle Méndez Núñez, a la altura de Los Gatos, se frotaban las manos, literalmente, ante una afluencia seguramente inesperada. En la cercana calle Granada también se armó un descalzaperros del quince cuando, algo parecido a una despedida de soltero, se detenía cortando el paso a ritmo de batucada mientras -¿el novio?- ataviado del preceptivo vestido blanco, velo y peluca daba saltos cual chimpancé en celo. Y, como esa, unas cuantas.

La última jornada de fiesta en el centro, por tanto, daba el aldabonazo con una afluencia in crescendo en número y al contrario en edad, escenificando que todo es posible. Ya lo dijo Galdós: entre los malagueños siempre habrá una lengua viva para gritar que la Feria no se rinde. O algo así era.

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