La epifanía del Minotauro

A tenor de la exposición 'Picasso de Málaga', que se inaugura el lunes en el Museo Picasso, su comisario, Rafael Inglada, aborda la infancia del genio

Cortina del Muelle en 1880, un año antes del nacimiento de Picasso.
Cortina del Muelle en 1880, un año antes del nacimiento de Picasso.
Pablo Bujalance Málaga

21 de febrero 2013 - 05:00

El escritor Michael Ende afirmó una vez: "No reconozco ningún abismo entre el niño que fui y el adulto que soy". La exégesis freudiana, sin embargo, se adjudicó un enorme éxito al representar la adolescencia como un periodo de cambios bruscos, hondos y definitivos. Un punto y aparte según el cual toda la experiencia anterior queda extirpada, extinguida, reducida a la anécdota, en virtud del desarrollo de la personalidad adulta. Como si lo vivido hasta los doce años constituyera un estorbo a la maduración posterior. Esta interpretación prendió en el imaginario popular y ahí sigue, fortalecida por el cada vez más soslayado mundo infantil en la sociedad actual. Cantos repletos de nostalgia como el que entonó Unamuno al considerar la niñez la única patria posible del ser humano han contribuido a dibujar definitivamente los primeros años como un territorio lejano, pasto del olvido, que ya tiene demasiado poco que ver con uno. Aplicada la norma a la creación artística, sólo cabe considerar que el pintor, el músico y el poeta nacen y se hacen fuera de los dominios parvularios. El niño artista es un oxímoron, o un accidente.

En la misma tradición, pocos creadores han contribuido a reforzar esta idea como Pablo Picasso. Para desgracia de muchos malagueños que habrían deseado lo contrario (cuántos activos han perdido las campañas de promoción turística), el pintor representó por última vez su ciudad natal demasiado pronto, en 1919, en el lienzo La botella de Málaga. Después, nada. Ni un guiño evidente al rincón en el que vino al mundo en una obra mastodóntica y universal. Picasso se marchó con su familia de Málaga a los nueve años, cuando apenas empezaba a manifestar interés por el oficio de su padre, el pintor y profesor José Ruiz Blasco. Nadie puede ser un genio a esa edad. Sin embargo, en el empeño de descifrar una huella malagueña en la vida y la obra del hombre que le dio la vuelta a la Historia del Arte en un siglo marcado por la sangre y la tragedia, el Museo Picasso inaugura el próximo lunes Picasso de Málaga. Obra de la primera época, la primera de las exposiciones organizadas para la celebración del décimo aniversario de la pinacoteca. Su comisario, el investigador Rafael Inglada, biógrafo de Picasso, editor, poeta y responsable del Departamento de Publicaciones de la Fundación Picasso Casa Natal, reflexiona aquí sobre la infancia de Picasso. Si el autor del Guernica es un misterio en todos sus vértices, su primera etapa es la oscuridad matriz.

Inglada afirma que la impronta que Málaga dejó en Picasso "no fue anecdótica, sino profunda", y que se manifestó durante toda su vida "tanto en su faceta de artista como en su vida personal e íntima". Tras considerar que "es inevitable pensar que si Picasso hubiese sido manchego habría pintado otras cosas", la ciudad influyó sobre todo en el carácter del artista, "en su raíz andaluza de la que siempre hizo gala y en el modo en que interpretaba la realidad desde esta óptica". En un nivel plástico, Inglada destaca tres fuentes recurrentes en toda la obra de Picasso cuyos orígenes son inconfundiblemente malagueños: las palomas, los toros y el Mediterráneo. El primer signo evoca sin duda su memoria familiar y la afición casi colombofílica de su padre; el segundo fue a menudo verbalizado por él mismo, quien refirió en varias ocasiones la impresión que dejaron las corridas de toros a las que asistió en Málaga de niño (una carnicería de toros y caballos masacrados que invocó a menudo en el lienzo); el tercero queda plasmado en la mitología clásica, el material al que acudió como un festín filogenético para bordar su particular representación del hombre, entre el deseo, la imperfección, la aspiración de permanencia en el tiempo y el ocaso del mismo. Picasso fue el Minotauro que acecha a la belleza desnuda, que la devora y la consume. Y en Málaga tuvo el Minotauro su epifanía.

Inglada recuerda que Picasso no estudió en la Escuela de Bellas Artes en la que impartía clases su padre, y que su primer episodio académico aconteció en La Coruña. Pero en Málaga "recibió una lección fundamental: la de lo visual. Aquí aprendió a mirar y esa primera sabiduría la mantuvo siempre". Por más que acontecimientos posteriores como la primera visita al Museo del Prado en 1895 cimentaran su vocación, sus regresos a Málaga en los veranos de la juventud, cuando ya comenzaba a ser un pintor reconocido, delatan que esa mirada llegó a ser magistral.

Respecto a la escasa presencia reconocible de Málaga (el mundo interpretativo de los códigos da y dará aún mucho que hablar) en la obra de Picasso, Inglada subraya que, por el contrario, el pintor "sí llenó de referencias explícitas a Málaga su creación literaria, en poemarios como Trozo de piel". Tal vez, de cualquier modo, el artista no necesite trasladar al lienzo lo que es natural como el agua, lo que no es para él un misterio. Aunque lo sea para el resto del mundo.

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