
Monticello
Víctor J. Vázquez
Una pérdida de tiempo
Parece que nuestros líderes europeos han decidido que es hora de desempolvar los tambores de guerra y marchar al ritmo de un gasto militar desbocado. La Unión Europea proyecta alcanzar un gasto en defensa de 326.000 millones de euros en 2024, lo que ya representa un 1,9% del PIB comunitario. Pero eso no es suficiente; se empieza a hablar sin pudor de elevar ese gasto al 3,5% del PIB. Es decir, añadir unos 250.000 millones más al año, como si estuviéramos en plena Guerra Fría y no en una Europa que presumía de ser un proyecto de paz. ¿Acaso han perdido el juicio?
Mientras tanto, la Comisión Europea nos lanza un mensaje que parece sacado de una serie distópica: que cada ciudadano tenga en casa comida, agua y linterna para 72 horas. Que estemos listos por si hay un apagón, una crisis o una guerra. En resumen, que tengamos lo justo para sobrevivir un fin de semana del fin del mundo. No recuerdo yo que se dijera nada parecido antes de la DANA que arrasó parte de la Comunidad Valenciana en noviembre. Ni tampoco después, cuando muchas familias seguían sin luz, sin agua y sin ayudas. Entonces no hacía falta tener víveres preparados. Pero ahora sí, porque según parece, vienen los rusos. Como en aquella película absurda donde el enemigo es una caricatura, pero aquí los que hacen el ridículo son los que nos gobiernan. Este brote de paranoia institucional no es inocente. Está cuidadosamente diseñado para justificar la creación de una industria militar europea a gran escala. De pronto, todos los problemas parecen resolverse invirtiendo en defensa. Se nos vende como imprescindible para protegernos, para garantizar nuestra autonomía, para que no dependamos de Estados Unidos. Pero la realidad es que nos están convirtiendo en rehenes del miedo. Y con el miedo se tragan cosas que en frío nadie aprobaría.
Hablan de seguridad, pero no se refieren a hospitales con recursos, colegios bien dotados o bomberos con medios. No. La seguridad es más tanques, más drones, más pólvora. Eso sí, lo pintan todo con la bandera de la paz. Como si armarse hasta los dientes fuera el nuevo humanismo europeo. Y mientras tanto, los ciudadanos a comprar pilas y garrafas de agua, por si acaso. Quizás el verdadero enemigo no esté al otro lado de la frontera, sino en los despachos donde se decide que el futuro de Europa debe pasar por revivir el espíritu de la trinchera. No es prudencia. Es histeria institucional. Y lo peor es que nos la están intentando contagiar.
Y todo esto se hace sin consultar a nadie, sin un debate público serio, sin que nadie se atreva a preguntar qué demonios estamos haciendo. Porque ahora disentir es poco menos que traicionar, y decir que preferimos más inversión en vida que en muerte te convierte en sospechoso. Pues sospechad lo que queráis: yo, si acaso, me armaré… pero de sentido común.
Europa no necesita un rearme militar, sino un rearme moral. Lo que de verdad amenaza nuestra seguridad no es Moscú, sino la renuncia a los valores que decíamos defender: la razón, el bienestar, la libertad.
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