Meditación pasoliniana

La ciudad y los días

01 de abril 2025 - 03:09

El pasado domingo el sacerdote, periodista y veterano maestro de informadores vaticanistas Antonio Pelayo citaba a Pasolini en una de sus crónicas desde Roma para la Cope: “La Iglesia podría ser una guía, grandiosa pero no autoritaria, de todos aquellos que rechazan el nuevo poder consumista”.

Me alegró que recordase al gran cineasta, poeta, novelista, ensayista y articulista el año del cincuenta aniversario de su asesinato, que se recordará en Italia con múltiples actos de reconocimiento y estudio de su gigantesca aportación.

Me alegró la cita escogida, porque pocos intuyeron con tanta lucidez –sobre todo en sus artículos publicados entre 1973 y 1975– hasta qué punto el poder del consumo podría liquidar la Iglesia, o reducirla a una absoluta irrelevancia, sin tan siquiera tener la necesidad enfrentarse a ella, como otros poderes hicieron. El texto al que la cita pertenece es de una clarividencia, recuérdese que se escribió hace más de medio siglo, que sigue sorprendiendo: “La Iglesia no ha intuido que la nueva burguesía consumista no la necesita, relegándola a aquel mundo humanístico del pasado que constituye un impedimento para la nueva revolución industrial que ya no se contenta con que el hombre consuma, sino que pretende que no sea concebible otra ideología que la del consumo: un universo neo laico, ciegamente olvidado de todo valor humanístico… Si muchas y graves han sido las culpas de la Iglesia en su larga historia de poder, la más grave de todas sería la de aceptar pasivamente su propia liquidación por parte de un poder, el del consumo, que se ríe del Evangelio… La Iglesia podría ser una guía, grandiosa pero no autoritaria, de todos aquellos que rechazan el nuevo poder consumista que es completamente irreligioso... O hace esto o acepta un poder que ya no la quiere; en otras palabras, se suicida”.

Me alegró, también, como andaluz y sevillano. Porque a este discurso pasoliniano pertenecen unas palabras que, leídas a la luz de las anteriores, deberían dar que pensar a nuestras hermandades y cofradías, en no poca medida convertidas por acción u omisión en objetos de consumo, en espectáculo montado incluso a destiempo o en generadoras de un grosero merchandasing: “La religión está agotándose como autoridad y forma de poder, y sobrevive como como un producto natural de enorme consumo y una forma folclórica aún aprovechable”. ¿A que, por desgracia, les suena?

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