La pena alegre

Brindis al sol

31 de marzo 2025 - 03:07

Un acontecimiento como la Semana Santa sevillana necesita, cada cierto tiempo, del alimento literario que le proporciona lo que Juan Bonilla llama una mirada foránea. Una mirada que sepa extraerla de su ensimismamiento y la motive como algo vivo y comprensible también para los no sevillanos. Por fortuna, a esta convocatoria para convertirla en objeto literario ha acudido una buena gama de escritores que se han adentrado, a pesar de sus dudas, por un mundo nada fácil de transitar. Para ese viaje iniciático hace falta buena y entendida compañía que, a su vez, exige asombro y asentimiento en el neófito para que le concedan su tutela paternal. Por eso, ha habido pocas voces críticas, porque ante el temor a quedarse sin buenas compañías, el neófito prefiere integrarse, acepta su papel, y asiente subyugado y seducido, fuese la que fuera su predisposición inicial. El caso más resaltable fue el de Eugenio Noel que, con su afilada prosa, acostumbraba a ejercer siempre de disconforme e incisivo malévolo ante cualquier representación de la España tradicional, sin embargo, contra todo pronóstico, sucumbió de admiración en muchas de sus páginas ante la Semana Santa sevillana, y supo diluir con delicadeza la hiel, siempre latente en su pluma, para no herir unos sentimientos que en parte le entusiasmaron. Por eso mismo, ante la expectativa de un libro de Jorge Bustos en el que iba a recoger sus crónicas testimoniales sobre espectáculo tan crucial, se pudo pensar que se revivía con esta nueva apuesta literaria, el mismo reto despertado hace un siglo por Noel. Las similitudes son muchas. Porque Bustos pertenece a esa misma estirpe que Bonilla califica –en el prólogo del libro– de manera certera: tallistas de la prosa; pero, sobre todo, no le va a la zaga a Noel en cuanto a ejercitar un lúcido y acerado espíritu crítico en sus libros y en la prensa. Casi cada día, con justificado y corrosivo enfoque vapulea los muchos desmanes de la política y de la sociedad española. Es el último representante de un tipo de mirada indómita que se resiste a claudicar. Por eso, había esa expectativa ante esta mirada foránea que iba a comparecer en La pena alegre (Renacimiento). Suponía un atrevimiento, pero era un paso que, cada cierto tiempo, una mirada foránea, tiene que dar. Y el resultado es que, como sucedió antes con Noel, ahora Bustos ha limado su siempre bien engrasado instinto crítico. Aquellos cinco días sevillanos abrieron un paréntesis de sosiego, se sintió conmovido y lo ha contado. Por fortuna, después ha vuelto a esos aldabonazos suyos, en la prensa, que tanto necesitamos.

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